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jueves, 15 de abril de 2010
La mujer perfecta.
Nasrudín conversaba con sus amigos en la casa de té y les contaba como había emprendido un largo viaje para encontrar a la mujer perfecta con quién casarse. Les decía:
-Viajé a Bagdad, después de un tiempo encontré a una mujer formidable, atenta, inteligente, culta de una gran personalidad.
Dijeron sus amigos:
-¿Por qué no te casaste con ella?
-No era completa, -respondió Nasrudín-, después fui a El Cairo, allí conocí a otra mujer ciertamente fabulosa; hermosa, sensible, delicada, cariñosa.
-¿Por qué no te casaste con ella?, dijeron los amigos.
-No era completa -respondió nuevamente Nasrudín-, entonces me fui a Samarcanda allí por fin encontré a las mujer de mis sueños; ingeniosa y creativa, hermosa e inteligente, sensible, culta, delicada y espiritual.
-¿Por qué no te casaste con ella? -insistieron sus amigos.
-Pues saben por qué, ella también buscaba a un hombre perfecto.
martes, 30 de marzo de 2010
Con la falda torcida
Hay una mujer con la tarde extraviada y la falda torcida.
No sabe en qué momento se la escapó la vida, si fue en la última fila del cine cuando se metió en la boca el deseo y aguantó las embestidas con los ojos cerrados, o fue cuando de espaldas al mundo la engendraron un hijo o fue cuando maquilló la lágrima tatuada debajo de su ceja rota. Ella no sabe en qué momento extravió la tarde, se la torció la falda y se la rompió la media. Se agolpan en su cabeza las conclusiones y se la han olvidado los motivos. Ella no sabe como ha perdido el zapato, pero anda medio descalza en esa ciudad que ya no es suya, sorda por el grito, enajenada por el insulto, perdida en días sin tardes y noches sin sueños.
Hay una mujer con la tarde extraviada y no se encuentra.
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Mis delirios
miércoles, 17 de marzo de 2010
Detrás de tus pechos
sale el sol recién parido de lunes.
De tu vientre fértil
crecen libertades a cada paso.
Del rizo de tu melena
surge la esperanza
y de tus dedos...
de tus dedos
mujer valiente
nacen tapices de colores
que decoran países enteros
Y tras de ti,
él sonríe
te acompaña
te admira
y te desea.
sale el sol recién parido de lunes.
De tu vientre fértil
crecen libertades a cada paso.
Del rizo de tu melena
surge la esperanza
y de tus dedos...
de tus dedos
mujer valiente
nacen tapices de colores
que decoran países enteros
Y tras de ti,
él sonríe
te acompaña
te admira
y te desea.
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Mis delirios
viernes, 12 de marzo de 2010
Las mujeres de mi generación abrieron sus pétalos rebeldes de rosas, camelias, orquídeas y otras yerbas, de saloncitos tristes, de casitas burguesas, de costumbres añejas, sino de yuyos peregrinos entre vientos.
Porque las mujeres de mi generación florecieron en las calles, en las fábricas se hicieron hilanderas de sueños, en el sindicato organizaron el amor según sus sabios criterios.
Es decir, dijeron las mujeres de mi generación, a cada cual según su necesidad y capacidad de respuesta, como en la lucha golpe a golpe, en el amor beso a beso.
Y en las aulas argentinas, chilenas o uruguayas, supieron lo que tenían que saber, para el saber glorioso de las mujeres de mi generación.
Minifalderas en flor de los sesenta, las mujeres de mi generación no ocultaron ni las sombras de sus muslos, que fueron los de Tania.
Erotizando con el mayor de los calibres los caminos duros de la cita con la muerte.
Porque las mujeres de mi generación, bebieron con ganas del vino de los vivos, acudieron a todas las llamadas y fueron dignas en la derrota.
En los cuarteles las llamaron putas y no las ofendieron, porque venían de un bosque de sinónimos alegres: minas, grelas, percantas, cabritas, minones, gurisas, garotas, jevas, zipotas, viejas, chavalas, señoritas.
Hasta que ellas mismas escribieron la palabra Compañera, en todas las espaldas y en los muros de todos los hoteles.
Porque las mujeres de mi generación nos marcaron con el fuero indeleble de sus uñas la verdad universal de sus derechos.
Conocieron la cárcel y los golpes, habitaron en mil patrias y en ninguna, lloraron a sus muertos y a los míos como suyos, dieron calor al frío y al cansancio deseos, al agua sabor y al fuego lo orientaron por un rumbo cierto.
Las mujeres de mi generación parieron hijos eternos, cantando Summertime les dieron teta, fumaron marihuana en los descansos, danzaron lo mejor del vino y bebieron las mejores melodías.
Porque las mujeres de mi generación, nos enseñaron que la vida no se ofrece a sorbos, compañeros, sino de golpe y hasta el fondo de las consecuencias.
Fueron estudiantes, mineras, sindicalistas, obreras, artesanas, actrices, guerrilleras, hasta madres y parejas en los ratos libres de la Resistencia.
Porque las mujeres de mi generación, sólo respetaron los límites que superaban todas las fronteras.
Internacionalistas del cariño, brigadistas del amor, comisarias del decir te quiero, milicianas de la caricia.
Entre batalla y batalla, las mujeres de mi generación lo dieron todo y dijeron que eso apenas era suficiente.
Las declararon viudas en Córdoba y en Tlatelolco, las vistieron de negro en Puerto Montt y Sao Paulo, y en Santiago, Buenos Aires o Montevideo, fueron las únicas estrellas de la larga noche clandestina.
Sus canas no son canas, sino una forma de ser para el quehacer que les espera.
Las arrugas que asoman en sus rostros, dicen he reído y he llorado y volvería a hacerlo.
Las mujeres de mi generación, han ganado algunos kilos de razones que se pegan a sus cuerpos, se mueven algo más lentas, cansadas de esperarnos en las metas.
Escriben cartas que incendian las memorias.
Recuerdan aromas proscritos y los cantan.
Inventan cada día las palabras y con ellas no empujan, nombran las cosas y nos amueblan el mundo.
Escriben verdades en la arena y las ofrendan al mar.
Nos convocan y nos paren sobre la mesa dispuesta.
Ellas dicen pan, trabajo, justicia, libertad, y la prudencia se transforma en vergüenza.
Las mujeres de mi generación son como las barricadas: protegen y animan, dan confianza y suavizan el filo de la ira.
Las mujeres de mi generación son como un puño cerrado, que resguarda con violencia la ternura del mundo.
Las mujeres de mi generación no gritan, porque ellas derrotaron al silencio.
Si algo nos marca, son ellas.
La identidad del siglo, son ellas.
Ellas: la fe devuelta, el valor oculto en un panfleto, el beso clandestino, el retorno a todos los derechos.
Un tango en la serena soledad de un aeropuerto, un poema de Gelman escrito en una servilleta, Benedetti compartido en el planeta de un paraguas, los hombros de los amigos guardados con ramitas de lavanda.
Las cartas que hacen besar al cartero, las manos que sostienen los retratos de mis muertos, los elementos simples de los días que aterran al tirano, la compleja arquitectura de los sueños de tus nietos.
Lo son todo y todo lo sostienen, porque todo viene con sus pasos y nos llega y nos sorprende.
No hay soledad donde ellas miren, ni olvido mientras ellas canten, intelectuales del instinto, instinto de la razón, prueba de fuerza para el fuerte y amorosa vitamina del débil.
Así son ellas, las únicas, irrepetibles, imprescindibles, sufridas, golpeadas, negadas pero invictas mujeres de mi generación.
Luis Sepúlveda, 1999
Escritor Chileno
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