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sábado, 17 de diciembre de 2011

El plan



Tengo un plan

y mi plan
es atarte corto a mis letras
humedecer los bosque
evitando el crujir de la rama seca
llamar a las aves
que migraron a África
al llegar el invierno
espantar las moscas
hacer que hablen los colibríes
desnudar al viento
adornar tu pecho de verdades
hacer que hable el silencio
Tengo un plan
y lo llevaré a cabo
aunque me cueste el verso
aunque la punta del lapicero
pierda el aliento en el intento
aunque arriesgue el invierno
Tengo un plan
         Seguiré escribiendo.

martes, 4 de enero de 2011

Testamento 2010

En este año

ya moribundo
hago un testamento
de las cosas que me trajo
y de las que me desprendo

No es original
este legado de pasados
pero no por ello
dejan de ser mis cosas
ni dejan de ser pasado

Dejo el manual de buenas conductas
para los que vengan a necesitar
el saber estar en cualquier sitio
ya me gané yo mi sitio
a fuerza de estar donde debo.

Dejo mis ataques de soledad repentina
las sonrisas de medio lado
y la emisora de radio de voces tristes
El cepillo de dientes ensangrentado
el teclado de letras borradas
y el disco duro repleto
de archivos inútiles de otro tiempo.

Apunto en este testamento
más de una tristeza absurda
varios sentimientos de culpa
y así como cien dudas
pendiente de que el tiempo
termine resolviendo

Me quedo sin embargo
para este año que empieza
este lustro que viene
esta vida pendiente
con el recuerdo imborrable
de los que ya no están
ni conmigo ni con nadie
con los que ya no están
sólo conmigo
con los que estuvieron
solo un momento
y se quedaron para siempre
y por supuesto
con los que están
y son una prolongación
de mi misma.

Agradezco a Benedetti
su testamento de miércoles
sus ánimos involuntarios
y las palmaditas transparentes
que ha dado en mi espalda
para que inventaríe
esta retahíla de abandonos

domingo, 24 de octubre de 2010

Ladrones de la juventud


(Artículo sobre la Juventud de los años cuarenta en España)


Es dudoso que a los jóvenes de cualquier época les haya interesado alguna vez saber algo de los jóvenes de épocas remotas, sobre los años mozos de sus mayores. Todo lo más, hojean con indiferencia el albúm de viejas fotografías, sobre las que ya, adelantos de la ciencia, el tiempo no se pone amarillo.

Cuando era yo el joven que contemplaba las fotos de mis padres y de mis abuelos, aquellas modas arcaicas – nada menos que de diez o veinte años antes-, me hacían reír.

Mucho tiene que haber cambiado las cosas para que existan hoy muchachos cuya curiosidad las incite a enterarse de lo que nos ocurría a nosotros cuando éramos como ellos. Pero aceptando el supuesto de que a algunos les interese saber cómo nos abrimos a la vida o la vida se abrió para nosotros en los años de la postguerra, me atrevo a pedir, que por favor, hagan un gran esfuerzo intelectual; que recurran también a la fantasía, a la imaginación.

Imagínense a unos jóvenes- como jóvenes, en edad militar – que acaban de terminar una guerra disparatada y salvaje y empezar otra que llegará a ser mundial y que, por civilizadísima, acabará siendo devastadora.
Imagínenselos sin movida, sin televisión, sin pantalones vaqueros, sin barbas, sin navajas, sin poder utilizar el coche de papá ni tener el propio, sin motos, sin chicas en su pandilla, sin chicos en la pandilla de ellas, sin top-less, sin cámaras de fotos, sin drogas mayores ni menores, sin música rock, sin voto, sin vídeo, sin apartamento, ni sótano, ni buhardilla pintoresca, sin almohadones por los suelos ni posters en las paredes, sin nevera, ni coca-cola, sin comics, sin ordenadores, sin juegos electrónicos, sin guitarras eléctricas, sin llave del portal, sin hamburguesas, sin discotecas, sin bares de copas, sin noche, sin viajes, sin dinero.

¿En qué tiempo remotísimo y olvidado pudieron existir esos jóvenes? ¿Cuántos siglos antes del primer día de la creación? ¿Y dónde vivieron, si era vivir lo que hacían? ¿En qué remotísima galaxia?. No hay que exagerar. Por sorprenderme que parezca, existieron –existimos- , en los años cuarenta, hace muy poco tiempo, y aunque no tuvieron nada de lo que acabamos de enumerar, gozaban a veces de la vida, de su amanecer, y en los cielos oscuros vislumbraban relámpagos de esperanza. Porque, como dijo alguien “el hombre es tan admirable que, a pesar de todo, consigue ser feliz de vez en cuando”.

No vivieron en una galaxia desconocida ni en tiempos anteriores al mundo, y algo tuvieron, tuvieron mucho, tuvieron muchas cosas con las que, insensiblemente, fueron formando, para el recuerdo, el divino tesoro de la juventud.

Teníamos los jóvenes de entonces para nuestra formación de ciudadanos, cuarteles, Frente de Juventudes, servicio militar de tres años – para algunos amigos míos fue de más de seis-, División Azul, milicia universitaria, Formación de Espíritu Nacional, servicio social femenino (excepto para las putas y las actrices).

Para nuestra vida íntima teníamos familias que nos protegían y nos regañaban, amigos, novios formales con entrada en casa y petición de mano, confesor en muchos casos (para los muy de derechas era “director espiritual”), parientes en la cárcel o en el exilio.

Para la cultura teníamos algunos libros, censura, libros argentinos de contrabando, censura, claqué en los teatros, censura, colegios de curas, universidades casi sin catedráticos.

Para alimentarnos y protegernos de las inclemencias del tiempo teníamos unas gabardinas con grandes bolsillos en los que llevábamos higos secos y castañas pilongas; teníamos también boniatos, extraperlo, Auxilio Social, pipas de girasol y cartilla de racionamiento. Y teníamos lo más necesario para comer: HAMBRE.

Para entretenernos y para la vida en general teníamos muchas más cosas: misas, procesiones, verbenas en las calles y a la orilla del río, paseos interminables poblados de confidencias, mujeres hermosísimas para mirar – estallantes de primavera, vestidas de negro en Jueves Santo-, libros de las razas humanas para ver desnudos, travesías, fútbol, metro, urinarios, hambre, bodas y bautizos, dominó, mus, brisca y tute, panderetas, espectáculos de revista española muy picantes, censura, cafés para pasarse las horas muertas ante una sola consumición, hambre, casas de putas (con prostitución sólo femenina), cartilla para el racionamiento del tabaco, ladillas, sífilis, purgaciones, blenorragia, trajes de chaqueta (aunque fuera sólo uno) con su corbata y sus cuellos postizos para ahorrar lavados, serenos, piojo verde (o sea tifus exantamático, lo que llaman tifus de la guerra), medias de cristal si se conocía a alguien que viajase a Lisboa, fútbol, avitaminosis, foruncolosis, radio, Boby Delané, folclore, hambre, películas americanas, censura, películas españolas, censura, huchas con cabezas de negros, chinos indios para las misiones, multas por acariciar, oposiciones, hambre, salvoconductos para viajar dentro de España, jazz, “La Codorniz”, “Marca”, fijador para el pelo, hambre, brillantina.

Y sucedáneos, muchos sucedáneos, incontables sucedáneos, algunos de los cuales llegaron a causar el asombro de países extranjeros. Sucedáneos del café, del azúcar, de la lana, del algodón, de la goma arábiga, de los huevos fritos, de las suelas, de la paz, de la convivencia, del orden, de la vida. (Iba a haber puesto también “de la libertad”, pero no habría sido cierto, puesto que no se inventó ningún sucedáneo).

Hubo en aquellos tiempos otros jóvenes, muy pocos, escasísimos, que tenían criados y automóviles y fincas y caballos y calcetines de seda natural para el smoking y amantes del postín y parientes en el partido y en los ministerios, pero de esos yo conocía a muchísimos menos.
.....

En la batalla de Skerewsbury, corría el año 1403, los dos Enriques, Heissporn, hijo del conde Northtumberland, y el Príncipe de Gales, combaten cuerpo a cuerpo. La espada del Príncipe taspasa el pecho de Heissporn, y ése exclama en su agonía, con verbo poético que le presta Shakespeare:
          -¡Oh, Enrique, me has robado mi juventud!.

Quizá sólo la muerte puede robarle a un hombre la juventud, pero la perspectiva de los años nos hace a veces pensar que nuestra juventud puede haber tenido otros ladrones.

Fernando Fernán Gómez, actor y escritor (1921-2007)

En la foto: Marcelino Mogrovejo

jueves, 27 de mayo de 2010

La democracia como engaño

Creo que esta calificación – la democracia como engaño – se la escuché por primera vez a José Saramago, sus opiniones al respecto me impresionaron y de a poco las fui haciendo mías, aquí las adopto y las amplío. “En apariencia todo está bien. Los diputados son elegidos por voto popular; también los senadores y las autoridades municipales, y en la mayoría de los casos, el presidente. Los reyes en cambio, agrego yo, no son democráticamente elegidos, pero en compensación no mandan. Sin embargo, quienes en verdad deciden el rumbo económico, social y hasta científico de cada país, son los dueños del gran capital, las transnacionales, las prominentes figuras de la banca. Y ninguno de ellos es elegido por la ciudadanía. Aquí trepo con euforia al vagón de Saramago. ¿De qué voto popular surgieron los presidentes del Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial, la Trilateral, el Chase Manhattan, el Bundesbank, etc?. Sin embargo, en esa élite financiera la que sube o baja intereses, impulsa inflaciones o deflaciones. Instaura la moda de la privatización, exige el abaratamiento del despido laboral, impone sacrificios a los más para que los menos se enriquezcan, organiza fabulosas corrupciones de sutil entramado, financia las campañas políticas de los candidatos más trogloditas, digita o controla el 80% de las noticias que circulan a nivel mundial, compagina las más fervorosas prédicas de paz con la metódica y millonaria venta de armas, incorpora los medios de comunicación en su Weltanschauung. La clase que decide, en fin.

  Lyotard inventó la palabra justa: decididores. Tal vez sea éste su mayor aporte a la semiología política. Deciden con estrategia, con astucia, con cálculo, pero también deciden sin solidaridad, sin compasión, sin justicia, sin amor al prójimo no capitalista. Por otra parte, deciden sin dar la cara. Lo hacen a través de intermediarios aquiescentes, bien remunerados, altos funcionarios de mohín autoritario; intermediarios que en definitiva son, en el marco de la macroeconomía, los macropayasos que reciben las bofetadas de ecologistas, sindicatos y pobres de solemnidad. Los ricos de solemnidad, en cambio, están más allá del bien y del mal, bien instaurados en su inexpugnable búnker y/o Olimpo financiero. De los copetudos intermediarios se conocen idilio, cruceros del Caribe, infidelidades, Alzheimer, sida, bodas espectaculares, pifias de golf, bendiciones papales. Por el contrario, los dioses del inalcanzable Olimpo financiero sólo aparecen alguna que otra vez mencionados en la prosa esotérica y tediosa de esos suplementos económicos que el lector común suele desgajar del periódico dominical y arrojar directamente a la basura, sin percatarse de que en ese esperando de cifras, estadísticas, cotizaciones de bolsa y PNB, está dibujado su pobre futuro mediato e inmediato.

     En ciertas y malhadadas ocasiones, cuando algún vicediós del Olimpo es rozado por denuncias de dolo harto evidente, el impugnado se resigna a cruzar el umbral penitenciario, sabedor de que al cabo de pocos meses, o quizá semanas, acudirán amigos, familiares o compinches, capaces de aportar los milloncejos necesarios para pagar la fianza de algún miserable juececito la exige si quiere recuperar la libertad y el goce de sus mercedes y su Mercedes. (Como dicen que dijo un notorio español que llegó a ministro. “en matemáticas no hay pecados sino error.”) Pero a no confundirse. Ese trámite más o menos ominoso puede ocurrir con un incauto o insolente vicediós, nunca con un dios hecho y derecho.

Fragmento del libro "Andamios" de M.Benedetti.

domingo, 11 de abril de 2010

Notas de Viaje


Quisiera ir con Ernesto y Alberto por la mayúscula América, desde Méjico al Estrecho de Magallanes, o quizá ser la compañera de cincuenta años después venida de otro lugar y otro espacio, reencontrándome con los caminos que ellos recorrieron en los que las cosas no han cambiado tanto. Quisiera ser la mochila ajada que cargaba Ernesto a ratos y a otros Alberto desde la Patagonia hasta el norte de Venezuela, por ésa América tan sufrida como bella, ésa América de mis sueños y mis ambiciones.

Quisiera descubrir en la mirada de una trabajadora el deseo del cambio, quizá en el desierto de Atacama, quizá desde el principio de la cordillera andina, quizá escondido en el guijarro de la tierra expropiada. Quisiera conversar con el campesino, sentarme a su lado y empaparme de su lucha discreta, de su incansable fuerza moral, de su entrega por la tierra, del amor que exhala cada poro de su piel bella e indígena. Quisiera que las palabras en quechua de la mujer suave de Cuzco sean la música del espíritu de la América Latina que fue robada no hace quinientos años, sino durante quinientos años.

Quiero sentarme en una piedra milenaria del Machupicchu junto a Ernesto y escuchar con Alberto palabras de revolución aún en estado de gestación. Quiero que la yema de mis dedos se deslice en la hendidura milimétrica del muro de Ollantaytambo y que en el deslizar hiera mi dedo y sangre la culpa adquirida, la pena infinita que me provoca la reflexión de Ernesto cuando cayó en la cuenta de que algo trágico había ocurrido con este continente si una civilización capaz de construir maravillas terminaron asentando y construyendo conos, ranchos y favelas.

Quisiera que de mis pulmones asmáticos contagiados por las vivencias no renunciaran nunca, tal y como lo hizo Ernesto, de seguir respirando bocanadas de libertad y mandar la muerte al carajo. Lo conseguiste Ernesto, aún vives.

Quiero ser el remo que se clave en el agua, quiero nadar al otro lado del río Amazonas, quiero recorrer la cordillera paso a paso, quiero levantar mis manos al cielo y clamar por la justicia y la libertad allá, en cualquier lugar del continente sur, en Uruguay, en Chile, Colombia, Perú, Bolivia o Argentina. Quiero escupir en mi caminar esta inquietud y esta lágrima, escuchar, evidenciar, redescubrir y desentrañar los secretos indígenas, dejarme en un lago de aguas heladas, morir en el descanso nocturno y llegar al norte de Venezuela con una sonrisa perenne y la mirada cambiada.

Clavar mi remo en el agua, llevar tu remo en el mío, y creer y saber que he visto una luz al otro lado del río.



sábado, 27 de marzo de 2010

Vagones


Viajo sola en un vagón de almas,
en trenes sordos y personas ciegas.

Nadie escucha el silbato de la estación.
las sirenas de los bombardeos
se ahoga por los pasillos subterráneos.

Yo les grito y las almas se colocan la corbata.

Algo se muere alrededor
y a nadie parece importarle.

Y yo, en el escaparate,
intento romper el cristal que nos separa.

Me miran y se compadecen,
murmuran mi desgracia.

Crítican mi compromiso con el aire contaminado
y hacen apuestas acerca del tiempo que me queda.

Se miran los zapatos
y limpian el barro de las tacones
en el felpudo de la puerta de la oficina,
no vayan a manchar el día.

Y al colgar la chaqueta
sacuden el polvo de la pobreza
que les salpicó en el trayecto
y que por un momento casi les hizo toser.

Y yo lloro la desgracia de los trenes.

Hago duelo por las miradas perdidas
de los que usan el diario como entretenimiento
o para que al sentarse,
no quede manchada de sangre
su triste ropa gris azulada.